Y sí, cuchicheamos. Nos encanta, más si hay un mate que gira entre pocas manos. Es domingo, y a la hora de la siesta en una Redacción más silenciosa de lo habitual, mientras la banda de sonido es algún partido de fútbol (que no nos interesa), improvisamos la ronda.
Resumimos vidas, fines de semana y planes de casamiento. Nos recomendamos sitios web y hasta hablamos de la paleta de la multiprocesadora. Elogiamos un bizcochuelo casero (para una de las periodistas la lluvia del sábado resultó productiva y eso nos alegra, porque tenemos qué comer; a las demás sólo nos dio sueño). Es lo más parecido a una sobremesa enganchada por los mates.
Y como en un picadito de fútbol vamos saltando de tema en tema: que una pretende empezar el gimnasio, que otra quiere dejar de comer, que otra quiere entrenarse para escalar una montaña... Que al final nunca hacemos nada de eso. No importa, lo mismo nos escuchamos con atención y nos alentamos.
La tarde pinta tranquila y medio grisácea. Ya sabemos en qué temas vamos a trabajar y eso nos libera para el divague un rato más. De todas maneras, uno de los jefes pasa y nos interpela con la mirada ("che, ¿que no piensan laburar?"). Los domingos tienen ese no se qué. La vorágine se toma un descanso y el clima es casi familiar.
Carlos Ulanovsky (periodista y autor de "Redacciones", entre otros libros) lo sintetiza mejor que nadie: "Y sí, a la vez, una redacción es living, cocina y baño, se podría inferir que es una casa. Y lo es porque allí uno pasa tantas o más horas que en la casa propia y se acomoda, modela y codea con una especie de segunda familia".
El trío se disuelve, duró dos mates por cabeza. Lo suficiente para charlar de todo. Quizás, durante la semana no haya tiempo para hacerlo otra vez y habrá que esperar hasta el próximo domingo o alguno de los tantos feriados. Nos reconforta saberlo.